martes, 4 de marzo de 2008

Eleodoro Vargas Vicuña


Abelardo Oquendo
La República, Lima 28/02/06

Eleodoro Vargas Vicuña tuvo entre sus méritos publicar

muy poco. Pese a ser alto, no es este un valor que se

aprecie en la vida y en la historia literarias.

Suele lamentarse, ante la brevedad de una obra

excelente, que el autor haya sido avaro de su talento,

en vez de celebrarse el rigor de su autocrítica y el

respeto a su arte y a su público, virtudes cada vez

más raras cuando el escritor aspira a vivir de su

escritura y se deja arrastrar por los engranajes del mercado.

Desde su primer libro -Ñahuín- un opúsculo

de pequeño formato y 72 páginas apenas,

Vargas Vicuña recibió estímulo de la crítica,

pues Ñahuín, como Atenea de la cabeza

de Zeus, nació plenamente armado y maduro:

un mundo y un lenguaje estaban ya enteros

allí. Sebastián Salazar Bondy lo vio: en la carta

que prologa este librito le dijo al autor:

"Sus cuentos, pequeños dramas rurales,

están asentados en la más inexorable

emoción por lo propio y lo retratan

con sinceridad y hondura (...). Aprecio su libro

, además, porque está escrito con aquel

dulce lenguaje, de imágenes limpias y a

veces sorprendente belleza, que emana

del repentino corazón del pueblo. Con trazos

seguros, ahondando en el alma de los seres

y en la raíz de los sucesos en los que ellos se

ven envueltos, saliendo de allí hacia la

naturaleza que los suele modelar como

a partes de su maravilloso organismo,

ha sabido usted crear un breve pero

grave testimonio de su universo, ese

que ahora, por virtud de Ñahuín, es de

todos nosotros y será mañana de muchos

más." Pero una edición modesta, delgada

y silenciosa como la de Ñahuín en 1953

no ayudó demasiado.

Años después, en 1960, aparece Taita Cristo,

edición también modesta y delgadita, que se

vendió en paquete con otros títulos según la

modalidad de los Populibros Peruanos de

Manuel Scorza. Y en 1975 sale El cristal con

que se mira. Al año siguiente Carlos Milla

Batres recoge los tres conjuntos de relatos

en un solo volumen: Ñahuín. Pero habían

pasado muchas cosas en las letras

latinoamericanas para entonces

-el boom entre ellas- y no era el mejor

momento para que se apreciase

debidamente al autor. Esperemos que ayude

a ello, ahora que hay más distancia,

la publicación de la obra narrativa completa

de Vargas Vicuña que acaba de hacer el INC.

Aunque el rótulo de neoindigenista que la

crítica le ha puesto a esa obra no sirve

para atraer al público de hoy, un lúcido

estudio de Cynthia Vich, especialmente

interesado en definir el tipo de indigenismo

de Vargas Vicuña, incide en aspectos

que tienen mucho mayor importancia

que una tarea clasificatoria. Yendo

más allá, Vich ofrece claves útiles para

precisar la especificidad de la narrativa

de Vargas Vicuña y fundamentar su

valor. El estudio está en el reciente

No. 61 de la Revista de Crítica Literaria

Latinoamericana.

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