sábado, 21 de febrero de 2009

Vargas Vicuña: lírico y universal




Abelardo OquendoLa República, Lima 28/02/06

Eleodoro Vargas Vicuña tuvo entre sus méritos publicar muy poco.
Pese a ser alto, no es este un valor que se aprecie en la vida y
en la historia literarias. Suele lamentarse, ante la brevedad
de una obra excelente, que el autor haya sido avaro de su
talento, en vez de celebrarse el rigor de su autocrítica y el
respeto a su arte y a su público, virtudes cada vez más raras
cuando el escritor aspira a vivir de su escritura y se deja
arrastrar por los engranajes del mercado.Desde su primer
libro -Ñahuín- un opúsculo de pequeño formato y 72 páginas
apenas, Vargas Vicuña recibió estímulo de la crítica,
pues Ñahuín, como Atenea de la cabeza de Zeus,
nació plenamente armado y maduro: un mundo y un
lenguaje estaban ya enteros allí. Sebastián Salazar Bondy
lo vio: en la carta que prologa este librito le dijo
al autor: "Sus cuentos, pequeños dramas rurales,
están asentados en la más inexorable emoción
por lo propio y lo retratan con sinceridad y hondura
(...). Aprecio su libro, además, porque está escrito
con aquel dulce lenguaje, de imágenes limpias y a
veces sorprendente belleza, que emana del repentino
corazón del pueblo. Con trazos seguros, ahondando en
el alma de los seres y en la raíz de los sucesos en los
que ellos se ven envueltos, saliendo de allí hacia la
naturaleza que los suele modelar como a partes de
su maravilloso organismo, ha sabido usted crear un
breve pero grave testimonio de su universo, ese
que ahora, por virtud de Ñahuín, es de todos
nosotros y será mañana de muchos más."
Pero una edición modesta, delgada y silenciosa
como la de Ñahuín en 1953 no ayudó demasiado.
Años después, en 1960, aparece Taita Cristo,
edición también modesta y delgadita, que se
vendió en paquete con otros títulos según la
modalidad de los Populibros Peruanos de Manuel
Scorza. Y en 1975 sale El cristal con que se mira.
Al año siguiente Carlos Milla Batres recoge los
tres conjuntos de relatos en un solo volumen:
Ñahuín. Pero habían pasado muchas cosas en
las letras latinoamericanas para entonces
-el boom entre ellas- y no era el mejor
momento para que se apreciase debidamente
al autor. Esperemos que ayude a ello,
ahora que hay más distancia, la publicación
de la obra narrativa completa de Vargas
Vicuña que acaba de hacer el INC.Aunque
el rótulo de neoindigenista que la crítica
le ha puesto a esa obra no sirve para atraer
al público de hoy, un lúcido estudio de Cynthia
Vich, especialmente interesado en definir el
tipo de indigenismo de Vargas Vicuña, incide
en aspectos que tienen mucho mayor importancia
que una tarea clasificatoria. Yendo más allá,
Vich ofrece claves útiles para precisar la
especificidad de la narrativa de Vargas Vicuña
y fundamentar su valor. El estudio está en el
reciente No. 61 de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana.



martes, 4 de marzo de 2008

Eleodoro Vargas Vicuña


Abelardo Oquendo
La República, Lima 28/02/06

Eleodoro Vargas Vicuña tuvo entre sus méritos publicar

muy poco. Pese a ser alto, no es este un valor que se

aprecie en la vida y en la historia literarias.

Suele lamentarse, ante la brevedad de una obra

excelente, que el autor haya sido avaro de su talento,

en vez de celebrarse el rigor de su autocrítica y el

respeto a su arte y a su público, virtudes cada vez

más raras cuando el escritor aspira a vivir de su

escritura y se deja arrastrar por los engranajes del mercado.

Desde su primer libro -Ñahuín- un opúsculo

de pequeño formato y 72 páginas apenas,

Vargas Vicuña recibió estímulo de la crítica,

pues Ñahuín, como Atenea de la cabeza

de Zeus, nació plenamente armado y maduro:

un mundo y un lenguaje estaban ya enteros

allí. Sebastián Salazar Bondy lo vio: en la carta

que prologa este librito le dijo al autor:

"Sus cuentos, pequeños dramas rurales,

están asentados en la más inexorable

emoción por lo propio y lo retratan

con sinceridad y hondura (...). Aprecio su libro

, además, porque está escrito con aquel

dulce lenguaje, de imágenes limpias y a

veces sorprendente belleza, que emana

del repentino corazón del pueblo. Con trazos

seguros, ahondando en el alma de los seres

y en la raíz de los sucesos en los que ellos se

ven envueltos, saliendo de allí hacia la

naturaleza que los suele modelar como

a partes de su maravilloso organismo,

ha sabido usted crear un breve pero

grave testimonio de su universo, ese

que ahora, por virtud de Ñahuín, es de

todos nosotros y será mañana de muchos

más." Pero una edición modesta, delgada

y silenciosa como la de Ñahuín en 1953

no ayudó demasiado.

Años después, en 1960, aparece Taita Cristo,

edición también modesta y delgadita, que se

vendió en paquete con otros títulos según la

modalidad de los Populibros Peruanos de

Manuel Scorza. Y en 1975 sale El cristal con

que se mira. Al año siguiente Carlos Milla

Batres recoge los tres conjuntos de relatos

en un solo volumen: Ñahuín. Pero habían

pasado muchas cosas en las letras

latinoamericanas para entonces

-el boom entre ellas- y no era el mejor

momento para que se apreciase

debidamente al autor. Esperemos que ayude

a ello, ahora que hay más distancia,

la publicación de la obra narrativa completa

de Vargas Vicuña que acaba de hacer el INC.

Aunque el rótulo de neoindigenista que la

crítica le ha puesto a esa obra no sirve

para atraer al público de hoy, un lúcido

estudio de Cynthia Vich, especialmente

interesado en definir el tipo de indigenismo

de Vargas Vicuña, incide en aspectos

que tienen mucho mayor importancia

que una tarea clasificatoria. Yendo

más allá, Vich ofrece claves útiles para

precisar la especificidad de la narrativa

de Vargas Vicuña y fundamentar su

valor. El estudio está en el reciente

No. 61 de la Revista de Crítica Literaria

Latinoamericana.